sábado, 7 de noviembre de 2015

‘Maquinarias’ a todo furor

Por Iván Antonio Jurado Cortés



Como era de esperarse y gracias a la permisividad de los entes de control del Estado colombiano, la mayoría de administraciones locales se han convertido en la mejor rampa para oportunistas electorales. Desde hace meses, muchos alcaldes municipales vienen mostrando su poderío político frente a aspirantes por el mismo cargo que no comparten sus procederes. El ejemplo es claro, cuando muchos de los mandatarios en ejercicio de sus funciones públicas, muestran sin ningún escrúpulo su simpatía y apoyo por un candidato en particular.

Es común escuchar una frase que desgraciadamente hace parte de nuestra cultura política: “¿Cuál es el candidato de la alcaldía?”, que de solo manifestarla causa malestar a los que entendemos la democracia como el mejor camino para la consolidación de las políticas públicas, con principios de equidad y participación. En la mente de la ciudadanía se ha engendrado la idea que es obligación de la alcaldía o gobernación postular aspirantes.

No es raro observar a contratistas y funcionarios públicos efectuando proselitismo político, sin que ningún organismo gubernamental tome medidas preventivas o sancionatorias, acto que acelera aún más la actitud de estos personajes, quienes se creen con el derecho y el poder de aprovechar los programas y proyectos del Estado para beneficio particular. Lastimosamente estos delincuentes cuentan con el ingenuo respaldo de la ciudadanía, quien al final de cuentas es la responsable.

No puede existir mejor trampolín que los recursos públicos para saciar sueños personales. Prácticamente los entes territoriales son la mejor ‘maquinaria’ para producir votos inconscientes, gracias a la ignorancia política de los sufragantes. Es un mal que ha cercenado la sutileza de la democracia colombiana, permitiendo la imposición de propuestas que a corto plazo se transforman en desorden administrativo, conllevando al atraso de las comunidades.

Aunque el abuso de poder es normal en todo proceso electoral; existen regiones al parecer donde no existe presencia de entidades de control que regulen las acciones gubernamentales, es el caso de muchos municipios de las costas pacífica y atlántica. No se justifica como las instituciones públicas se adecuan a conveniencia de ciertos personajes, aprovechados de la oportunidad brindada por las autoridades locales y/o regionales.

Estas actitudes delictivas de emplear recursos públicos para apalancar campañas políticas de aspirantes a corporaciones y jefaturas municipales y departamentales, determinan en el fondo el costo electoral. Ningún candidato independiente podrá enfrentar desde el punto de vista económico a un adversario con chequera prestada. Como reza el refrán, “lo que no es mío hagámoslo”.

El asunto es que este escenario de endeudamiento anticipado, termina por afectar la inversión estatal. El descontrol y parcialidad de las campañas electorales, han hecho que aspirantes no adscritos a intereses institucionales, tengan que replantear su proceder, varios, utilizando estrategias antiéticas e ilegales, engendrando en la mente del constituyente primario una ideología mercantil, supeditada al mejor postor. Estos actos permiten la destrucción paulatina del principio democrático, conllevando cada vez a mayor abstinencia electoral y anarquía.


Necesariamente si se habla de paz, se debe plantear este gran problema que tanto daño le causa a la democracia y gobernabilidad nacional. Que los diálogos de la Habana no solo sean para satisfacer urgencias económicas, sociales, políticas y culturales, sino que permitan enfocar temas aparentemente insignificantes pero de inmensa resonancia en el desarrollo y progreso de los pueblos. El clientelismo electorero es un mal que aqueja la sana cultura popular, contribuyendo al deterioro del tejido social desde la participación y equidad.

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