Por: Iván Antonio Jurado Cortes
Mientras que el
pueblo colombiano aun no determina la ruta lógica para salir de la crisis
agraria que por décadas ha marchitado el sueño de millones de productores, el
gobierno nacional ya tiene otro ‘chicharrón’ para satisfacer los gustos de
‘Juan Pachanga’, y es una ‘Reforma’ a la salud, que indudablemente va lanza en
ristre contra el bienestar comunitario.
Cada vez esta
patria se vuelve más insostenible, problemas estructurales que avanzan a pasos
agigantados en busca de asiento definitivo en la mansa y cómplice resignación de
la mayoría de connacionales. Hoy en día ya no contamos con los amparos constitucionales
de la carta magna en educación, salud, justicia, seguridad, empleo, agro y
ambiente.
Pero como
asunto curioso, después de 22 años de constitucionalidad finalmente termino reencauchándose
la constitución del 86, saliendo victoriosa la oligarquía, subyugando a los que
quieren jugar al sano político pero por su vulnerabilidad ideológica, sucumben
arrodillados a un régimen capitalista, absorbente de la dignidad humana.
Aunque no lo
reconozcamos, sigue gobernando el espíritu constitucional del siglo antepasado,
desde todo punto de vista favorable a las castas selectas del poder y la
opresión.
Está claro que
todo apunta a una perenne anarquía, conveniente a los ‘caciques’ que nos
gobiernan y coadministran. Los derechos fundamentales, imprescriptibles,
inalienables e inembargables ahora son estribillos ideales para adornar sendos
textos de elegante caligrafía, proyectados a ilusionar desprevenidos lectores o
practicantes de abogacía. En este orden, lo que faltaba para catapultar al
colmo del cinismo fue la última ‘Reforma a la Salud’, hecho que en medio del
‘folclorismo’ popular se muestra como un total exabrupto.
Aunque la Ley
100 de 1993 se ha caracterizado por la cantidad de remiendos, entre ellos la
1122 del 2007 y la 1438 del 2011; con la de hoy, queda demostrado el
maquiavélico interés del sistema capitalista gubernamental y la debilidad e
incompetencia de las entidades de control. No hay constitución política que se
oponga a tan miserable producto de los ‘padres de la patria’ y jefe de Estado.
En el argot cotidiano, ha sido interpretada como una estocada mortal a la
dignidad colombiana.
Tanto la ley
ordinaria como la estatutaria, las dos van íntimamente ligadas aunque en
algunos pasajes se evidencien contradicciones en redacción, que no son de
inocencia sino de astucia para engatusar a las masas y argumentar que es un
gran logro planificado a mejorar las condiciones humanas de los 47 millones de
compatriotas.
No se puede
olvidar que al año el sistema de salud maneja alrededor de 44 billones de
pesos, cifra nada despreciable para dejar pasar de agache, por el contrario, si
vale la pena sacrificar la vida de millones de connacionales con el fin de
asegurar y acrecentar las cuentas doradas.
Pero esto no es
todo. Sabemos que una de las causas de este nefasto sistema son los
intermediarios (EPS) que a la hora de la verdad se quedan con el 50% del dinero
estatal que debiera llegar al enfermo, suficiente razón para que pasen a
llamarse ‘gestoras sociales’; el Fosyga se transforme en SaludMía y el POS en MiPlan.
En otras palabras: ‘la misma marrana con distinta guasca’.
Mientras
existan los mercantiles de la salud, jamás terminara el calvario de pacientes, hospitales
públicos, y trabajadores de la salud.
Hemos vuelto a
caer con mayor fuerza y sin protección alguna en manos de habilidosos e
inescrupulosos financistas, que a propósito son contados con los dedos de la
mano. Ha sido una puñalada trapera a la inocencia popular.
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